FUERA LA BARRICK GOLD DEL PAÍS.

FUERA LA BARRICK GOLD DEL PAÍS.
No a la mega minería y el uso del cianuro, fuera la Barrick Gold del país.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Figureando en las colectivas medioambientales de Artistas Unidos por un Planeta Posible.
































Breve Historia de Boyá, Republica Dominicana


Por Tony Pina

Al nordeste de Santo Domingo, en la ruta de acceso al promontorio montañoso denominado Parque Nacional de Los Haitises, seis kilómetros después de la ciudad de Monte Plata, se encuentra ubicado Boyá, un pueblito trescientos once (311) años más antiguo que la misma República Dominicana cuya proclamación de Independencia data del 27 de febrero de 1844.

            La palabra Boyá (1) es de origen taíno, aunque su significado no ha sido del todo definido. El vocablo puede que guarde algún tipo de relación con la abundancia de ríos de la demarcación o con las condiciones altibajas de las tierras o pastos comuneros rodeados de montañas, donde establecieron morada definitiva los remanentes de los aborígenes de la isla La Española.

El lugar asemeja una mesopotamia por estar situado en medio de ríos. Hay quienes no descartan, como el escritor norteamericano Gary Jeninings, en su novela Azteca, que el nombre Boyá significa “ríos y montañas” (2), como efectivamente son las características de los predios de la zona. Sin embargo, no hay estudio al respecto que sugiera con certeza la razón por la cual se bautizara con ese nombre la vieja comarca.


            El valor histórico y la fundación del pueblito guarda estrecha relación con el destino de los primeros pobladores o nativos de Haití o Quisqueya y, por vía de consecuencia, con la construcción de una iglesia católica que data del 1543, época en que España expandía sus dominios sobre las nuevas tierras conquistadas en el Nuevo Mundo.

              La iglesia, construida de ladrillo y adobe al estilo de los demás edificaciones y monumentos de su género levantados por los conquistadores en América, ha resistido a través de los siglos las embestidas de huracanes y terremotos, y, salvo contadas reparaciones hechas en muy distantes fechas, aún se mantiene imponente como testimonio imborrable del catolicismo español, y ¿por qué no decirlo? como señal patética de crueldades, olvidos y miserias de tiempos pasados que, no obstante, se arrastran hasta nuestros días.

            Sobre el origen del templo y las razones para su construcción en una villa de contados vecinos y relativamente lejana al asiento del gobierno español establecido en la ciudad de Santo Domingo, hay una prolífica documentación histórica que con atinada sustentación permiten asegurar que Boyá fue el último reducto de los aborígenes de isla.
                                                                       
En algunos documentos y publicaciones, sin embargo, se ha vertido mucha desinformación que más bien parecen fábulas, como si la historia fuera novela. Empero, tales escritos no resisten el más mínimo análisis bibliográfico y, como todo lo falso, se derrumba y ya jamás vuelve a levantarse.
                                               
            El nombre Boyá comienza a aparecer en las crónicas coloniales justamente después del acuerdo de paz suscrito entre España y Enriquillo, el cual puso fin a la primera sublevación indígena de América en contra de los abusos e injusticias de los conquistadores, estado de barbarie que llegó a su máxima expresión con el sistema de encomiendas o repartos de indios que comenzó a verificarse en La Española a partir de 1511.

            El armisticio efectuado en 1533 dio lugar a la aparición de Boyá como territorio para el asentamiento definitivo del último reducto de los aborígenes de Quisqueya. Empero, con el surgimiento de Boyá moría la raza indígena, un hecho que trasciende las fronteras de la isla, desborda los linderos de América y perpetúa en la cima de la universalidad histórica ese barroso terruño situado en la jurisdicción de la provincia Monte Plata.

              Fray Bartolomé de las Casas, uno de los más connotados cronistas de la época y testigo de excepción de los hechos acaecidos durante la Conquista, es quien primero señala concretamente al pueblo de Boyá, en su Historia General de Indias, cuando comenta las incidencias del acuerdo de paz firmado entre el capitán español Francisco Barrionuevo y el cacique Enriquillo (3).

Las Casas sostiene que el nombre de Boyá, como demarcación o paraje ya existente en la isla que los aborígenes llamaron Quisqueya, fue determinado por el propio Enriquillo para congregarse con los suyos, unos cuatro mil indígenas de un total de aproximadamente más de un millón que habitaban la isla hasta el 5 de diciembre de 1492, a raíz de la llegada de los españoles.

En consecuencia, como comunidad o lugar habitado por personas en el territorio de La Española -y posteriormente a la fundación de la República- con el nombre de Boyá sólo ha existido el caserío situado a  poco más de medio centenar de kilómetros de de Santo Domingo.
                                                                       
El padre Las Casas precisa que la Corona, representada en su gobierno de ultramar, que lo era la Real Audiencia de Santo Domingo, y expresa disposición en ese sentido dada por el rey Carlos V, convino con Enriquillo y los escasos indios que sobrevivieron a los catorce años de rebelión en el Bahoruco, en que éstos fueran a vivir en los predios que ellos mismos eligieran (4).

             Contrario a Las Casas, Fray Cipriano de Utrera es de opinión -aunque sin ningún documento probatorio ni señalando ningún texto bibliográfico- que Enriquillo después de la paz del Bahoruco “entonces se fue con los suyos a Boyá, en las proximidades de la villa de Azua” (5). Para Utrera ese acontecimiento se llevó a efecto en 1533, el mismo año de la firma del acuerdo de paz.

               El historiador José Gabriel García riposta ese juicio en su Historia de Santo Domingoal afirmar que Enriquillo se estableció en Boyá, “la comarca situada a 65 leguas de la ciudad de Santo Domingo por recomendación del padre Bartolomé de Las Casas, a quien el indio acogió como su protector”. Y sigue diciendo García en su obra señalada: “El cacique moriría dos años después, en 1535, a causa de la tuberculosis crónica que padecía, agravada en los fragores de la contienda bélica” (6). Cabe destacar que sólo hay coincidencia entre Utrera y García en torno la fecha en que se produjo la muerte de Enriquillo.

Gonzalo Fernández de Oviedo, cronista de la Colonia establecido en México después que Hernán Cortés fuera proclamado emperador de Nueva España, en su Historia Natural de Indias escrita en 1548, recoge en sus páginas que el santuario de Boyá, en la isla de Santo Domingo, fue construido por disposición del rey Carlos V algunos años después al fallecimiento de Enriquillo “en honor a la fe católica del indio”.

             Y, en efecto, el padre Las Casas corrobora esa aseveración cuando afirma que  Enriquillo aceptó la fe católica durante su breve estancia en Santo Domingo después de los hechos bélicos del Bahoruco, a ruegos de él y otros sacerdotes dominicos que oficiaban misas en la Catedral Santa María la Menor, la primera iglesia de esa categoría construida en el Nuevo Mundo.
               
             De su lado, Manuel de Jesús Galván, en su célebre novela “Enriquillo”, indistintamente habla de Boyá como morada definitiva de los indios incondicionales al cacique Enriquillo. En su renombrada obra encontramos por primera vez el nombre de Santa María de Boyá, lugar que define “como asilo sagrado, donde al fin el cacique, su esposa Mencía y sus fieles seguidores disfrutaron de paz y tranquilidad” (8).

Específicamente, Galván destaca que camino a Santo Domingo después de la misa celebrada en la iglesia de Azua, el tránsito de Enriquillo, su esposa Mencía y sus incondicionales guerreros “fue una serie ininterrumpida de obsequios, que como a porfía les tributaban todas las poblaciones”, y a continuación acota que “en la capital les hicieron fastuoso recibimiento y entusiasta ovación las autoridades, el clero y los vecinos, todos manifestando el anhelo de conocer y felicitar al venturoso caudillo”.

Más adelante, Manuel de Jesús Galván apunta lo siguiente: “Las capitulaciones suscritas en el Bahoruco fueron fielmente guardadas por las autoridades españolas, y Don Enrique pudo elegir, cuando le pudo, asiento y residencia en un punto ameno y feraz, situado al pie de las montañas del Cibao, a una corta distancia de Santo Domingo”.

Y de inmediato señala que en ese lugar fundó Enriquillo el pueblo que aún subsiste con el nombre de Santa María de Boyá, donde por disposición del rey Carlos V jamás sufrieron los indígenas las hostilidades a que fueron sometidos por los españoles desde el momento mismo en que Cristóbal Colón pisó tierra en Quisqueya.

“Hasta el término de sus días ejerció Don Enrique (Enriquillo) señorío y mixto imperio sobre aquella población de cuatro mil habitantes (que a ese guarismo quedaron reducidos los indios de la toda la isla)”, recoge en sus páginas Galván en su novela Enriquillo.

Ciertamente Enriquillo, de acuerdo a los cronistas y los más fehacientes testimonios de la época, murió dos años después de establecerse con los suyos en Boyá.

“Sobrevivió poco tiempo a su bello triunfo, y fue arrebatado por la muerte al amor y la veneración de los suyos, y a la sinceridad estimación y el respeto de los españoles”, asegura Galván en su obra.

 Otro aspecto importante en que Galván coincide con Las Casas es el relativo a la construcción de la iglesia en Boyá. Mientras el dominico Las Casas dejó escrito para la posteridad que el rey Carlos V dio instrucciones a sus súbditos en La Española para que se respetara la integridad física de los indios y se les ofrecieran facilidades de vida, Galván asegura que por diligencia de Mencía fue posible la construcción del santuario y, sobre ese particular, precisa: “Su bella y buena consorte llegó a la ancianidad, siempre digna y decorosa, dejando cifrada su fidelidad conyugal de un modo duradero en la linda iglesia de Boyá, construida a costa de Mencía para servir de honroso sepulcro a las cenizas de Enriquillo”.

Respecto a la construcción del santuario católico de Boyá no se tiene una fecha exacta, pero se ha establecido por las referencias históricas de los cronistas que ya existía para 1548. (Las Casas y Oviedo escribieron sus Historias de Indias en los años subsiguientes al 1540).

Para el período de las Devastaciones del Gobernador Antonio Osorio, en 1605, que dio lugar al surgimiento de Monte Plata y Bayaguana, con la destrucción de las hoy desaparecidas demarcaciones Bayajá y Yaguana; y de Monte Cristi y Puerto Plata -quienes lograron sobrevenir-, con el objetivo de proteger los hatos ganaderos de esos territorios costeros de la isla de los desmanes de filibusteros y bucaneros, el pueblo de Boyá era el más habitado de la demarcación, de acuerdo al historiador Frank Moya Pons en su Historia Colonial de Santo Domingo (9).

Respecto a la disposición de España de construir el santuario en Boyá, como bien señala Las Casas, hay que convenir que Mencía jugó un papel de primer orden en la consecución de ese objetivo y sus diligencias hechas en ese sentido y apoyadas en los padres dominicos encontraron eco de inmediato en los regentes locales del gobierno español.

Otros acontecimientos acaecidos en la isla durante la Conquista también fortalecen la hipótesis de que el caserío de Boyá fue el cementerio de los aborígenes de Quisqueya, como fue la orden dada por la Corona a través del gobernador de Cuba, Diego Velázquez, a Cortés cuando se hizo a la mar a la conquista de México, luego de que Juan Grijalva explorara las costas de Belice y Yucatán, para que el navegante repatriara hacia Santo Domingo y Cuba los primeros indígenas capturados.

El propósito de España era repoblar ambas islas tras el exterminio masivo de sus aborígenes a que fueron cruelmente sometidas durante las primeras décadas de la colonización.

Cortés, quien con anterioridad se desempeñó como escribano u oídor del cabildo de Azua, desoyó las instrucciones dadas por Velásquez tan pronto llegó a la Isla de Tris, luego llamada Isla de Términos, hoy conocida como Ciudad del Carmen, en el actual Estado de Campeche, en el Caribe mexicano.   

El aventurero español, al observar la riqueza y cultura mayas,  con modernas edificaciones enclavadas en apartados y montañosos lugares de su territorio, quemó las naves para justificar su imposibilidad material de regresar a Santo Domingo y cumplir con las disposiciones recibidas.

Al contrario, Cortés ensanchó sus dominios en otras demarcaciones de la civilización maya hasta llegar a Tecnotithlán, llegando incluso a pactar con Moctezuma para enfrentar las tropas españolas enviadas por Diego Velásquez desde Cuba desde que éste tuvo conocimiento de la insólita insubordinación de su protegido.

Sin embargo, años después Cortés convino en la repatriación a La Española de algunos mayas capturados debido a la insistencia de España de procurar la repoblación indígena de la isla tan cruelmente diezmada por sus implacables huestes.

En este punto hay versiones contradictorias respecto a si se materializó o no repatriación hacia La Española. Oviedo, en su obra ya citada, asegura que “algunos aztecas capturados en la península de Yucatán fueron trasladados a Santo Domingo y radicados en el caserío de Boyá” (10). Mientras, Las Casas, ya establecido en Cuba, refiere “que no hubo constancia de embarcos de indios mejicanos a La Española, a pesar del interés de España en que se cumpliera ese mandato”.

En la iglesia de Boyá está una lápida construida debajo del altar, escrita en lengua taína, donde figuran algunos nombres de indígenas que murieron en la comarca y que fueron sepultados en el templo, entre ellos la cacica Mencía, esposa de Enriquillo. No se puede asegurar, sin embargo, si los demás indios que allí recibieron cristiana sepultura fueran súbditos del cacique Enriquillo o pertenecieran a los mayas traídos a la demarcación.

De comprobarse que los restos que reposan en esa lápida son de aborígenes aztecas, éstos serían los primeros aborígenes del Nuevo Mundo confinados a otra tierra distinta a la suya en cultura, lengua, costumbres y clima.

            Boyá, pueblito dormido en el tiempo y el olvido, sirvió de cementerio a una raza que pagó con su vida la decorosa osadía de enfrentar hasta la muerte la barbarie y la opresión del intruso e insaciable verdugo español.


(*) Breve Historia de Boyá, escrita por Tony Pina, periodista e investigador dominicano, es una recopilación de datos y fuentes bibliográficas del período de la Conquista realizada tanto en República Dominicana como en México.

uan Sebastián Lemba Calembo

uan Sebastián Lemba Calembo fue un dirigente negro antiesclavista que lideró una prolongada rebelión contra la esclavitud en la isla La Española y que murió aproximadamente en el 1547. A estos negros sublevados se le llamaban "Cimarrones".
No se sabe a ciencia cierta cuándo nació. Pero si se sabe que nació en África, probablemente miembro de la tribu de los lemba por parte de su madre y la tribu de los Calembo por parte de su padre, de donde quizá provenga su apellido. Cuando Sebastian Lemba era un joven, lo capturaron en África y lo llevaron a La Española aproximadamente en el año 1525.
Debido al maltrato que se le daba a los esclavos en La Española, Sebastian Lemba Calembo y un grupo de esclavos se alzaron aproximadamente en el año 1532. En ese sentido, se escapó y marchó a la montaña y durante unos 15 años combatió las autoridades españolas. A Sebastian Lemba Calembo y a su grupo se le fueron uniendo otros esclavos.
En su momento pudieron llegar a ser entre 150 y 400 hombres. Lemba Calembo dirigía a esos hombres como si fuera un ejército. Iban a cualquier poblado, atacaban a los españoles y libertaban a otros esclavos. Se movian por toda Ia lsla. Sus palenques estuvieron en Higuey, Azua, Bahoruco, San Juan de la Maguana, Puerto Plata y el Seibo.
Finalmente, el 17 de septiembre de 1547 fue capturado. Las circunstancias, lugar y fecha de su muerte no están claras, pero se afirma que ocurrió entre 1547 y 1548, en San Juan de la Maguana u otro lugar del Sur del país, aunque también se dice que fue en Santo Domingo, a donde fue llevado después de capturado y se le dio muerte en una de las puertas de las murallas entre el Fuerte de San Gil y la Puerta del Conde, a la que se llamó por un tiempo “La Puerta de Lemba Calembo”.
La acción de Sebastián Lemba Calembo tiene una importancia histórica particular. Fue uno de los primeros en comenzar la lucha contra la esclavitud en todo el Continente Americano.
Texto: encaribe


domingo, 30 de julio de 2017

El pico Duarte.

EL PICO DUARTE, LA MAYOR ALTURA DE LAS ANTILLAS.



El Pico Duarte, es la mayor altura de las islas que están diseminadas por todo el mar Caribe, ubicado en la isla de Santo  Domingo, en las Antillas Mayores tiene una altura de 3,087 metros sobre el nivel del mar, ubicado en los parques nacionales, José del Carmen  Ramírez y Armando Bermúdez, es una atracción turística por la diversidad de su flora y su fauna y por los espectaculares paisajes que  pueden observar los caminantes mientras se van adentrando en el  corazón de la cordillera Central además del reto que conlleva hacer cualquiera de las cinco rutas que suben hasta el techo del Caribe.

Todos los años entre finales de diciembre y por todo el mes de enero y febrero cientos de caminantes nativos y extranjeros hacen las agotadoras travesías que los llevarán por mágicos senderos hasta coronar  la cima del Pico Duarte.

Hay cinco rutas distintas que llevan a los caminantes hasta la cima más alta de las Antillas, estas son: la Cienaga en Jarabacoa, Mata Grande en Santiago, Azua partiendo de la Laguna o del pueblo del Tetero, la de Constanza que se puede comenzar en el mismo pueblo de Constanza o en Los Cayetanos, y la de San Juan partiendo de Sabaneta, las dos más populares son la de la Cienaga en Jarabacoa y la de Mata Grande, en Santiago.

Todas las rutas son agotadoras por lo que hay que estar preparado física y mentalmente para emprender cualquiera de las cinco rutas, es necesario especificar que en cada punto de partida hay guías experimentados que por un módico precio llevan a los caminantes a través de esas  hermosas montañas cuyos paisajes espectaculares cautivan a los caminantes haciéndolos olvidar por momentos el cansancio, el hambre y la sed.

Recorrer esos caminos, ponernos en contacto con la naturaleza casi virgen, dejar atrás todo lo que tiene que ver con la ciudad, caminar hasta el agotamiento y después en la noche, bajo un cielo saturado de estrellas, sentarnos junto a la fogata para ahuyentar el frío que nos cala los huesos, es una experiencia inolvidable, que aunque a veces cuando las caminatas se hacen interminables y el agotamiento nos vence, decimos que jamás volveremos por esos lugares de Dios.  Nada es más falso porque  desde que nos montamos en el autobús de regreso a nuestro destino de origen, la nostalgia nos sobrecoge el alma y va alimentando en nosotros el deseo del año que viene, volver.

Domingo Acevedo.
2008


Brigada Cimarrona Sebastián Lemba.
Ecológica, social, progresista.
De todas las rutas que suben al pico Duarte la que va de la Cienaga de Manabao en Jarabacoa, es la más frecuentada y la más corta con aproximadamente 23 kilómetros que hacen 46 de ida y vuelta y es la ruta que casi todo el mundo hace.
La Ciénaga (Boca de los Ríos) es un pequeño pueblecito perteneciente a la Vega ubicado en el municipio de Jarabacoa, esta está a 1100 metros sobre el nivel de mar.
Hay grupos pequeños de atletas que hacen esta ruta en un sólo día, otros la hacen en dos días, pero nosotros recomendamos hacerla de la siguiente manera: amanecer en la ciénaga al otro día partir hacia compartición, amaneciendo en ella y salir a la mañana siguiente al pico Duarte, amanecer nuevamente en compartición y tempranito al otro día bajar a la Ciénaga y regresar al punto de partida.
Era principio de enero, llegamos al atardecer a la ciénaga de Manabao con todo el ímpetu de subir a la cima más alta de las Antillas, en donde amanecimos y tempranito después de desayunar partimos, poniéndonos como meta llegar a los tablones sin descansar.
De la ciénaga hasta los tablones es un trayecto reconfortante de tan sólo cuatro kilómetros de bosque tupido y verde y pocas subidas, muchos viajeros se engañan porque creen que todo el camino es así de fácil pero es tan sólo el comienzo.
En la caseta de los tablones se hace un descanso breve y necesario para apreciar el paisaje, escuchar el rumor del agua del río que serpentea pura y libre por los recodos de la montaña hasta perderse en la espesura del bosque, comer algo si es necesario y sobre todo para tomar aliento para la dura jornada que nos espera de ahí en adelante hasta llegar a la Compartición.
De los tablones partimos hacia la Cotorra que está a 1720 metros sobre el nivel del mar. Aquí comienza las dificultades de la travesía ya que es un trayecto muy empinado y últimamente lleno de lodo y piedras que revienta al caminante que no se preparó para esta dura jornada.
De la cotorra después de un descanso para tomar aire partimos hacia la Laguna lugar este que lleva ese nombre porque hay una fuente de agua en donde es necesario abastecerse de este preciado líquido porque no hay hasta llegar a Agüita Fría.
De la laguna después de aprovisionarnos de agua y tomar aire salimos ya con algunos excursionistas extenuados por el cansancio hacia el cruce del tetero. Lleva ese nombre porque por ahí se va al valle del Tetero que es un lugar de impresionante belleza, muchos excursionista prefieren quedarse en él a subir al pico Duarte además se amanece en este hermoso valle cuándo se viene de Constanza y Azua.
El Cruce esta a 1740 metros sobre el nivel del mar a once kilómetros de la Ciénaga, a siete kilómetros de los tablones. Es aquí en donde los caminantes empezamos a sentir el peso de la fatiga y donde empiezan las lamentaciones, pero indudablemente que este trayecto a pesar de lo agotador que es, es de una belleza mágica que muchas veces los caminantes no la advierten por el agotamiento físico.
Mientras más uno sube nos damos cuenta de lo impresionante y hermosa que es nuestra cordillera Central madre de las aguas porque en ella nacen los ríos más importante de nuestro país es una pena que las mineras tenga la mirada puesta en ella.
Sé por experiencia que llegar hasta Agüita Fría para muchos caminantes se tornará casi imposible y se desesperan, hasta querer devolverse o volverse aves y salir volando de allí porque ya no soportan el cansancio, el agotamiento físico y muchas veces mental que es muy peligroso. El que alcanza Agüita Fría está a un paso de alcanzar la meta, llegar a la cima más alta del Caribe, el pico Duarte.
Agüita fría es un pequeño llano que está a 2600 metros sobre el nivel del mar a cuatro kilómetros del cruce, con neblina, frío y vientos, donde está prohibido detenerse por mucho tiempo, además es un lugar emblemático por que en el nacen los dos ríos más importantes del país el yaque del sur y el Yaque del Norte.
Después de llenar las cantimploras vacías y un breve receso, ponemos rumbo hacia la Compartición en donde pasaremos la noche. Es bueno decir que en este punto ya hace rato que el grupo va desperdigado, las personas se han ido agrupando de acuerdo al paso que llevan al caminar, es aquí en donde los guías y los que coordinan el grupo deben hacer su trabajo para que los excursionistas no se sienta solos y no pierdan el ánimo, la determinación de seguir a pesar del cansancio.
De Agüita Fría a la Compartición sólo hay cuatro kilómetros y se comienza a bajar, encontrándose muy pocas subidas que además no son tan empinadas, pero los caminantes vienen extenuados por el esfuerzo anterior y el trayecto se hace lento y tedioso, reconforta los espectaculares paisajes y las voces de ánimo de los compañeros que se encuentran en mejor estado físico.
La Compartición esta a 2450 metros sobre el nivel del mar y a diez y seis kilómetros de la Ciénaga. Ya en el refugio los caminantes se sienten más animados, con más fuerza para levantar el campamento y hacer las diligencias para preparar la comida y después sentarse alrededor de la hoguera a escuchar infinitas historias de ciguapas y galipotes que cuentan los guías, para después con el cerebro afiebrado por las historias escuchadas irse a dormir, ya que mañana hay que madrugar para empezar a caminar rumbo al pico Duarte con las primeras horas del amanecer.
El pico Duarte esta a 1087 metros sobre el nivel del mar, a siete kilómetros aproximadamente de Compartición y a veintitrés de la Ciénaga. Son siete kilómetros subiendo, es ahí donde terminamos de dar lo último que nos queda, es el último esfuerzo que nos lleva al vallecito de Lilís en donde nos detenemos para tomar aire y entonces retomar la marcha hasta alcanzar la meta, el pico Duarte.
Llegar al techo del Caribe es haber alcanzado la meta propuesta, alcanzar el cielo, tocar las nubes y como es natural abrazos, risas, llanto y la foto obligatoria para regresar hacia después a Compartición en donde amanecemos, para al otro día bien tempranito emprender el camino de regreso, ya sin prisa.
Sé que la mayoría no volverán pero en algunos queda la ilusión de poder intentarlo nuevamente, esos son los valientes.
Domingo Acevedo.
Nov/16
829 568 3544
Domingoacv2@gmail.com




LA PRIMERA VEZ QUE SUBI AL PICO DUARTE.

He subido muchas veces al Pico Duarte. La primera vez que subí, lo hice por San Juan, eso fue en enero del 1990 y desde entonces quedé enamorado de esos lugares de fantasía.

He hecho todas las rutas  conocidas y otras las hemos unidos como fue irnos desde Constanza hasta San  Juan, y de Azua hasta Mata Grande y sí me preguntan cual es la ruta que más me gusta, diré sin titubear, la de San Juan a  La Ciénaga.

En esta ruta, el primer trayecto va de Sabaneta al Alto de la Rosa, es una sola subida  hasta el refugio del Alto de la Rosa, en donde hay una torre de vigilancia y una terraza que sirve como mirador, desde donde se puede observar un paisaje espectacular, y desde la torre de vigilancia se domina una gran parte del parque, me atreví con otros compañeros a dormir una noche en esa torre del Alto de la Rosa y el frío casi nos congelo.

Lo más impresionante de este trayecto es la presa de Sabaneta que en la medida que vamos subiendo, su vista se va haciendo más y más impresionante, hasta quedarse por siempre en el recuerdo de cada uno de nosotros.

El segundo trayecto va desde el Alto de la Rosa hasta el Macutico, es un trayecto interminable con una parada obligada en la piedra del Aguacate, en donde hay un arroyo de agua casi helada y donde necesariamente hay que darse un baño,

Después de la piedra del Aguacate se empieza a subir hasta una altura máxina de 2440 metros sobre el nivel del mar, cuando se empieza a descender en algún momento se divisa la caseta del Macutico como sí fuera un espejismo, una meta que en la distancia parece inalcanzable, pero a la que hay que llegar cueste lo que cueste, después de horas de subir y bajar, se llega a un valle interminable, que nosotros bautizamos, el Valle de Nunca Jamás, este es un valle de una belleza desoladora, en el cual nos ha tocado vivir experiencias inolvidables, después del valle, cruzamos un bosque de tupidos árboles, un puente hecho de troncos de árboles caídos, subimos una pequeña elevación de tierra y a pocos metros está la cabaña del Macutico.

Este es un lugar mágico, un valle de pajones y flores silvestres, donde se dan muy bajas temperaturas y donde uno se siente como perdido en medio de la nada, lejos de todo. Una noche mientras dormía sentí que alguien se acurrucaba a  mi lado, era Loretta que se sintió tan sola, que sintió la necesidad   de estar al lado de alguien, esa sensación de soledad la hemos sentido todos los que hemos dormido allí, en el Macutico y es indefinible, es como sentir el peso del silencio en el alma, es mirar alrededor y sentirnos desamparados, es sentir que el día se hace interminable, que la tarde te aplasta contra el horizonte, que la noche te absorbe en sus misterios y  al otro día te vomita intacto.

Del Macutico, el trayecto es hasta la Compartición pasando por el valle de Lilís y el Pico Duarte. Este trayecto es de una belleza extraordinaria, lo más espectacular es cuando uno baja la loma del Barraco  y aparece la Pelona inmensa, semejante a un cono, desafiante a la vista del caminante, subirla es agotador y coronar su cima es  haber triunfado sobre el cansancio.

De la  cima de la Pelona se baja al vallecito de Lilís, un descanso obligado antes de subir al Pico Duarte, de ahí a la cima más alta de las Antillas queda poco más de un kilómetro, que se hace con entusiasmo, ya en el Pico Duarte, las fotos necesarias y la satisfacción de haber cumplido con la meta que nos dimos, ahora el regreso, amanecer en compartición y al otro día temprano, hacia la Ciénaga,  en Manabao.

De la Compartición   a la Ciénaga es un largo trayecto casi siempre bajando. Se llega a Agüita, donde está el nacimiento  del río Yaque del sur y el Yaque del Norte, es un lugar sumamente frío, en donde uno se abastece de agua, para seguir hasta el cruce, ahí está el camino que lleva hasta el Valle del Tetero, del cruce hasta los Tablones, últimamente en este trayecto el lodo dificulta la caminata, uno llega a los tablones con lodo hasta en las cejas, generalmente uno se detiene en los Tablones se quita un poco de lodo en el río y continua hasta la Ciénaga que es el destino final, en donde nos espera la guagua que nos llevará de regreso a la ciudad.

DOMINGO ACEVEDO
2009

Este es un homenaje a los guías que han viajado Con nosotros a Nardo y sus compañeros de Azua,  a Vitico y Ramón, de Mata Grande, a Francisco y sus compañeros de Sabaneta, San Juan, a los de Constanza sus nombres lo olvidé pero el recuerdo de ellos lo llevo en el corazón, a Pedrito y sus hijos de la CienagaManabao.



Mata Grande la ruta más hermosa de las que van al Pico Duarte.

 

 

 

Una de las rutas más hermosa es la que va de Mata Grande, Pico Duarte,  Compartición, la Cienaga, ubicada en el parque nacional Armando Bermúdez, es sin temor a equivocarme el que tiene la vegetación más exuberante y los paisajes más espectaculares y en donde usted puede encontrar naranjas y limones dulces entre otras frutas, para entretener el hambre y la sed.

 

Se sale de Mata Grande, en donde se puede amanecer el primer día o seguir hasta Loma de Oro que son aproximadamente seis kilómetros, en donde se puede pasar la noche para reducir distancia hasta la Guacara. Antes de llegar a Loma de Oro se pasa por la caseta de Medio Ambiente en donde se hace una parada obligatoria, allí los guardias forestales revisan que el permiso de entrada al parque este en orden. De Loma de Oro hasta la Guacara hay alrededor de catorce kilómetros de hermosos paisajes, que por momentos hacen que uno olvide el cansancio y dejan en el caminante la sensación de que están en el paraíso, esta ruta y la de la Ciénaga son las más frecuentadas.

 

De la Guacara al Valle del Bao hay doce kilómetros hasta llegar a los 1800 metros sobre el nivel del mar. En la medida que te adentra entre las montañas el paisaje te va absorbiendo hasta hacerte olvidar lo largo y agotador del camino, de repente ante ti se descorre la cortina vegetal de árboles, cortezas y hojas para dar paso a un deslumbrante valle de pajones, es el Valle del Bao, bordeado en uno de sus extremos por un río del mismo nombre, en este refugio algunos excursionistas se quedan más de un día para disfrutar de las aguas refrescantes del río, y de lo espectaculares amaneceres en el valle del Bao.

 

Del Bao hay diez agotadores kilómetros de una subida interminable hasta la cima de la pelona, desde donde, sólo quedan tres kilómetros hasta la cúspide del Pico Duarte, en los últimos años los incendios han mermado un poco la belleza de esta última etapa del trayecto, subir la loma del coñaso, pasar por el conuco del diablo, que es una parte de la pelona poblada de piedras calcinadas y árboles retorcidos que dan al lugar un aire misterioso, tomar un poco de aliento en la caseta del Valle De Lilís, para entonces avanzar entre la neblina de la tarde hasta coronar el sueño de llegar a la meta, alcanzar la cima que a muchos a costado sudor, cansancio, dolor, sacrificios y porque no, algunas lágrimas secretas, se que es así, porque en más de una ocasión en las noche he escuchado a alguien sollozar en secreto.

 

Ya en la cima, tocar las nubes con nuestros sueños, sentirnos más cerca de Dios, mirar la pelona imponente, los abrazos, el jubilo la emoción de los que por primera vez conquistan la cima del pico Duarte y sobre todo las acostumbradas fotos y después el regreso, algunos se devuelven hacia Mata Grande pero yo prefiero continuar y dormir en Comparición y al otro día continuar hasta la Ciénaga.

 

En la Compartición confluyen muchos excursionistas que vienen desde diferentes puntos, unos que van y otros que ya vienen de regreso, en el lugar de la fogata, en las noches, se comparte con muchas personas a las cuales posiblemente no volveremos a ver nunca más, ya al otro día después de una fría noche, hay que levantarse bien temprano para emprender el regreso, hacer el desayuno, levantar el campamento y ya a las seis empezar a subir la Vela, que es todo un espectáculo: contra la penumbra del amanecer los caminantes con sus focos en sus manos se alargan en una larga procesión de luz hasta la salida del sol.

 

La Vela es el último gran esfuerzo, luego el camino se alarga en una sola bajada hasta la Ciénaga. De camino, en Agüita Fría se hace una parada para llenar los envases con agua fresca, es en este lugar en donde nace el río Yaque del Sur y donde se registran muy bajas temperaturas, después de tomar agua y comer algo, se continua bajando hasta el cruce, es aquí en donde el camino tuerce hacia le Valle del Tetero.

 

Del cruce uno se programa para llegar hasta los Tablones de un sólo jalón, realmente no es así porque el cansancio de la larga jornada nos impone más de un descanso, aunque algunos caminantes, lo más fuertes, llegan de la Compartición trotando hasta la Ciénaga. Últimamente el camino del cruce hasta más allá de los Tablones está intransitable por el lodo, producto de las lluvias, el paso de las personas y los animales, es por eso que al llegar a los Tablones se hace necesario un buen baño para quitarse el lodo acumulado durante el trayecto.

 

Ya en los tablones, algunos se dan un merecido baño, un descanso sí es necesario para todos, para después comenzar a descender con más calma y empezar a mirar hacia atrás con cierta nostalgia, ya este es el último trayecto: de una tupida vegetación y árboles frondosos que se entrecruzan, formando sobre nuestras cabezas un arco vegetal, en este ultimo tramo del camino siempre encontramos niños de harapos vendiendo frutas de lástima con la esperanza de conseguir algunas monedas para engañar el hambre de toda la vida, algunos no venden nada, arrinconados junto al camino, extienden sus manitas tiernas, y dicen a los caminantes, “denme algo” sus miradas tristes, sus cuerpecitos endebles y desnutridos, desde la primera vez que los vi los llevo clavados en mis recuerdos.

 

Ya en la Ciénaga, cruzamos el puente de árboles caídos, pasamos frente a la caseta de medio ambiente y continuamos hasta el centro del pueblo en donde acomodamos el equipaje mientras llega el transporte que nos llevará de regreso a la capital. Algunos mientras llega la guagua, se toman una cerveza, algún refresco, comen algo o van al río disfrutar de un buen baño, sólo es cuestión de tiempo para volver a la prisa y la locura de la ciudad, pasarán algunas noches después del viaje en que la mente mientras dormimos irá recreando en el inconciente todas las vicisitudes del viaje.

 

Este relato, lo dedico a Vitico y a Ramón guías de Mata Grande y Pedrito de la Ciénaga.

 

 


DE AZUA AL PICO DUARTE, NUESTRA VOZ SE LEVANTA PARA ALERTAR SOBRE EL CALENTAMIENTO GLOBAL.


Salimos a las seis de la mañana del partido Nueva Alternativa con rumbo a Padre las Casas  a donde llegamos como a las diez y media de la mañana, tomamos el camión que nos llevaría  al pueblo del Tetero. El chofer nos llevó a su casa en donde nos ofreció desayuno el cual no aceptamos porque ya habíamos comido algo.

Desayunó, partimos,  y después de dar algunas vueltas por el pueblo de Padre las Casas  lo que  aprovechamos para comprar algunas cosas, pusimos proa hacia el pueblo del Tetero, por una carretera polvorienta, llena de precipicios y curvas, con un paisaje abrupto y desolador en algunas partes, con pueblecitos miserables perdidos en un paisaje sobrecogedor y triste, en donde las personas empobrecidas parecían vegetal en un presente abrumador,  del Tetero partiríamos al otro día hacia el Pico Duarte.

Llegamos alrededor de las dos y media al Tetero y nos acomodamos en la casa de Nardo, nuestro guía y amigo organizamos los bultos mientras Mártires y Sandy por un lado preparaban la casa de campaña en la que dormirían,  Engel y Luis lo mismo con la de ellos y Canela la de él, mientras  Marisol hacía los preparativos para la comida.  Después de comer paseamos por el pueblo y pudimos palpar la pobreza, nos dolió especialmente la situación de miseria de los niños de aquel pueblo perdido en el olvido.

Compartimos con la familia de Nardo y en la noche hicimos cuentos alrededor de la fogata acompañados por algunos habitantes del pueblo. A la hora de dormir cada uno se fue al lugar que le correspondía, Sandy y Mártires en su casa de campaña, Engel y Luis en la de ellos y Canela por igual se fue a la de él,  Ruddy y Rosa, en la casa de Nardo y Marisol, Félix y Yo en la casa de un familiar de Nardo.

Muy tempranito nos levantamos, nos preparamos, desayunamos y partimos antes del amanecer hacia el valle del Tetero, bajo una leve llovizna que nos acompañó por casi todo el camino, Nardo no fue con nosotros tenía otros asuntos y mando a July, Francisco y Jaime con nosotros, pero nos acompañó un buen trecho y nos enseñó el lugar donde se produce la electricidad que consume el pueblo.

El paisaje no podía ser más hermoso, el aire fresco de a montaña, los altos y frondosos pinos, el colorido de las flores silvestres, el canto de los pájaros nos guiaba sin ninguna prisa por los caminos mojados hacia el placer de compartir esta inolvidable experiencia, la de conquistar la cima más alta de las Antillas, el Pico Duarte y un alertaaaa,  que de vez en cuando retumbaba en la distancia anunciando que La Brigada Cimarrona Sebastián Lemba desbrozaba esos caminos rumbo a la cima más alta de las Antillas.  

Atravesamos Sabana Andrés, subimos el pico Loma Vieja, atravesamos Lo Fríos, subimos con mucho esfuerzo el Pico Alto del Valle, nos deteníamos brevemente a tomar aire, tocamos las nubes y comenzamos a descender hacia el valle del Tetero, por un camino mojado por una llovizna eterna, que nos acompañaba en nuestro descenso, el  lodo y las caídas permanentes retrasaron nuestra llegada al valle, a donde llegamos pasada las tres de la tarde.

En el valle del Tetero, perdimos un día por la lluvia, allí discutimos la posibilidad de quedarnos y eso generó una gran discusión ya que los nuevos querían salir  a pesar de el lodo y la lluvia y el alerta de los que llegaban de Compartición que nos decían que no se podía seguir, que nos recomendaban quedarnos y partir al otro día. Así lo hicimos, nos quedamos  y los nuevos disfrutaron de la belleza del valle del Tetero, se bañaron en la ballena visitaron la piedra indígena y disfrutaron de un juego de pelota entre los guías y los excursionistas, jugamos dominó, hicimos contactos con otros grupos a los cuales explicamos los motivos de nuestras excursión, la que se  encontraron interesante.

En la noche hizo un frío terrible, algunos durmieron en sus casas de campaña y otros nos acomodamos en la caseta, a las cuatro de la mañana me levanté y desperté a todos, Marisol y Félix, prepararon el desayuno mientas los guías iban al monte a buscar a las bestias y los otros desmontaban sus casas de campañas, salimos con las linternas encendidas intentábamos ganar tiempo al tiempo, no nos fuimos por el atajo, nos dijeron que estaba intransitable y dirigimos nuestros pasos al cruce, al que llegamos agotados y enlodados,  descansamos y emprendimos la subida hacia agüita fría nuestra meta más cercana.

Fue lenta y agotadora la subida, no obstante todos íbamos disfrutando del paisaje y dejándolo plasmado en nuestras cámaras fotográficas, llegamos como a las dos de la tarde a agüita fría, en donde merendamos y tomamos fotos del lugar en donde nacen los ríos Yaque  del Sur y Yaque del Norte y luego emprendimos el descenso hacia la Comparticion, a la que llegamos alrededor de la tres y cuarenta y cinco, decidimos por la hora que sólo subirían al Pico Duarte los que no habían subido nunca y que se irían  en los mulos, los demás nos quedaríamos preparando la comida.

En Comparticion haríamos la ceremonia del manifiesto en la noche, esperaríamos, al grupo Eugenio Marcano que venía de Mata Grande, ya que con el grupo del colegio de la Salle no nos encontraríamos. Ya al caer la noche vi con alegría a   Manuel Cuevas que llegaba sobre un mulo y corrí a alcanzarlo y cuando se desmontó me dijo Domingo estoy mal, se apoyo en mí y llamé a Marisol y a Félix lo dos médicos que nos acompañaban, con mucho esfuerzo lo llevamos al interior del refugio y junto a otra doctora que se encontraba allí, procedieron a darles los primeros auxilios, tenía el azúcar baja, la presión alta y estaba deshidratado, ellos lograron estabilizarlo, los doctores hicieron un buen trabajo, puedo decir sin temor a equivocarme que Manuel Cuevas debe la vida a esos tres doctores que se encontraba en esos momentos en la Copartición.

Después fueron llegando poco a poco los del grupo del Eugenio de Jesús marcano, Marisol le hizo una sopa a Manuel y continuo con los preparativos de la comida, se hacía tarde y los que llegaron del grupo de Manuel estaban preocupados por una parte de ellos que se habían quedado rezagados, yo le decía que no se preocuparan que el grupo nuestro que había ido al Pico Duarte, le darían una mano, que no lo abandonarían  y así fue, lo socorrieron y les prestaron algunos focos para que se iluminaran por esos caminos sinuosos y oscuros, los nuestros llegaron primero y dieron a noticia de que estaban bien y que venían más atrás.

Llegaron agotados, comieron y se acostaron de una vez, mientras seguían la atenciones a Manuel Cuevas, que se recuperaba lentamente, la noche fue clara ya lejos de la lluvia, el cielo esplendoroso de estrellas nos invitaba a compartir en la fogata, pero había sido un día muy agitado, lleno de muchas emociones fuertes y mañana debíamos prepararnos para partir y ver como bajaríamos a Manuel, quedamos que la mula de monta nuestra lo llevaría hasta agüita fría y que de ahí en adelante, se iría en la de ellos, hizo un frío infernal como siempre en Compartición.


Nos levantamos a las seis de la mañana, fue un amanecer esplendoroso y victorioso, Manuel amaneció mucho mejor, desayunamos,  levantamos el campamento  y partimos a las ocho y algo de la mañana, subimos  la Vela en un ritual lento, pausado pero sostenido, nos trazamos metas, la primera fue agüita fría, íbamos alegres y felices, habíamos alcanzado la meta, ahora regresábamos a la Ciénaga y de ahí al hogar dulce hogar, llegamos agotados a agüita fría, merendamos y continuamos hacia el cruce nuestra segunda meta, íbamos raudos, ahora sólo bajábamos, el camino no tenia tanto lodo como pensábamos  y el regreso renovaba nuestras fuerzas, nos daba nuevos bríos, la alegría no nos cabía en el corazón, llegamos al cruce sin darnos cuenta ahí nos encontramos con otros  grupos, tomamos aire, esperamos a los que venían rezagados  y de ahí partimos hacia los Tablones, de vez en cuando en la distancia retumbaba algún alertaaaa de nostalgia.

El camino hacia los tablones estaba lleno de lodo,  no como en otra época, pero tenía y hacíamos apuestas   de quien se caería primero, avanzamos rápido por un bosque tupido y húmedo, acariciados por una brisa agradable que mitigaba un poco el cansancio. De tanto bajar uno se hastía y  las rodillas se aflojan y uno pide a gritos,  una subida por favor, una subida, aunque sea pequeña, de las lagunas a los tablones lo hicimos en un tiempo record y llegamos  a la caseta nueva de los tablones a las dos de la tarde, de los tablones a la Ciénaga apuramos el paso y llegamos antes de las cuatro de la tarde, al llegar a la Ciénaga miramos con nostalgia el lugar en donde vivía Pedrito, el guía que nos acogía en su casa cuando regresábamos por esa ruta y que tuvo que vender sus tierras a precio de vaca muerta a un hijo de Gómez Díaz, Pedrito no sabe leer y le hicieron firmar un documento que era una orden de desalojo y le dieron por sus tierras lo que a ellos les dio las ganas, con Pedrito se impuso el poder de los Gómez Díaz. Cuando el grupo zeta llegó ya los muchachos estaban ubicados y Jaime nuestro atento guía nos llevó a donde su hija a bañarnos, mientras algunos comían algo y Marisol y July bailaban acompasados una bachata.

Coordinamos con Manuel el regreso y nos sentamos a esperar la llegada de la guagua. Debemos rendir un merecido tributo al trabajo de Jaime, July y Francisco, que más que guías fueron y son nuestros compañeros y amigos, a ellos va nuestra gratitud eterna, también debemos reconocer la amabilidad para con nosotros de los demás guías, que a donde llegábamos nos miran con respeto y admiración y reconociendo en nosotros el respeto y la disciplina que sentimos por ellos, por los demás caminantes y por esos bosques, que han pasado a ser partes de nuestras vidas.

La guagua llegó pasada las cinco de la tarde, nos montamos y emprendimos el regreso, con la promesa del año que viene volver. Ahora tenemos algunas tareas por delante, 1-Difundir el manifiesto. 2-Hacer una caminata, de Sabaneta, de Santiago Rodríguez,  hasta Sabaneta, de San Juan, 3-La vigilia mundial por el día de la Madre Tierra.   y 4-El operativo medico en el Tetero, a todo esto les pondremos fecha en la reunión del treinta de enero próximo, en la que discutiremos la próxima ruta, ya que tenemos tres propuestas, 1- hacer la ruta San Juan, Mata Grande. 2-Mata Grande, la Ciénaga.3-Azua, el Valle del Tetero, la Ciénaga.  En la reunión del treinta de enero nos pondremos de acuerdo en la ruta que haremos, así compañeros de ruta, que hasta el treinta de enero en donde compartiremos las fotos, las anécdotas y las experiencias del viaje.


DOMINGO ACEVEDO

ENERO 2010

DE SABANETA AL PICO DUARTE.


La ruta que va de Sabaneta al Pico Duarte, siento yo, que es la más dura, la más difícil. Se sale del pueblo de Sabaneta, hasta llegar al primer refugio que es el Alto de la Rosa,  por un camino lleno de dificultades y precipicios peligrosos, en donde la presa de Sabaneta ocupa casi todo el paisaje.

Mientras nos alejamos del pueblo vamos dejando atrás, casas diseminadas a lo largo de un buen trecho del camino, desde las empalizadas, niños con el hambre dibujada en el cuerpo nos dicen adiós con sus manos escuálidas, sus miradas enfermas por la pobreza nos persiguen más allá del olvido, dejando en nuestras conciencias el amargo sabor de la impotencia.

Se asciende por un sendero de bosques y precipicios, quedando hechizadas nuestras miradas por lo espectacular de un paisaje que permanecerá durante todo el viaje y donde la presa de Sabaneta, pintada en el lienzo vegetal del paisaje,  nos acompañará más allá del Alto de la rosa.

Sí se sale a las seis de mañana del pueblo de Sabaneta, ya a las dos de la tarde el primer grupo habrá llegado al refugio, donde uno se encuentra con la dificultad de que no hay agua, hay que ir a buscarla a un arroyo un poco distante. Aunque existe un tanque donde a veces podemos encontrar el preciado líquido que utilizan los guardias de foresta que protegen este parque nacional para sus actividades cotidianas. Recuerdo que cuando hicimos el trayecto de Constanza a Sabaneta. De  Macutico al Alto de la Rosa nos extraviamos y llegamos como a las once de la noche al refugio, cansados y con hambre y por un descuido de los guías, que no se llevaron de mí consejo de coger agua en uno de los arroyos, llegamos sin ese líquido al refugio y tuvieron que volver atrás a buscar agua para cocinar y para el trayecto que va del Alto de la Rosa  a Sabaneta, ya que hay un buen trecho sin agua.

El Alto de la Rosa es una caseta con dos habitaciones, varias camas y una cocina, también existe en el lugar una torre de vigilancia y un mirador desde donde se puede observar el hermoso paisaje, que rodea el lugar.

De este refugio por lo duro del trayecto, hay que salir bien temprano para llegar con las luces del día, al segundo refugio que es Macutico.  El camino es interminable y hermoso, con lugares espectaculares como es la piedra del aguacate, en donde hay que hacer una parada necesaria y darse un baño en el arroyo del mismo nombre, para luego emprender el camino hacia el valle de Nunca Jamás, como lo hemos bautizado nosotros, por lo sobrecogedor que resulta  ese trayecto desolado e inmenso en donde uno siente como la inmensidad del paisaje aletea sobre nuestras cabezas como un ave de mal agüero, esa vez encontramos a Cristián llorando, perdido en su propia soledad y dos horas más tarde, Brito, se sentó en una piedra a orilla del camino y dijo en voz alta, he caminado tanto que ya no se para donde voy.

Cruzar ese valle es una experiencia indescriptible, sobrecogedora, a mí me ha tocado pasarlo en la noche, sin guía y con un grupo de caminantes agotados,  esa vez por un momento perdimos el camino y nos sentimos perdidos, pero gracias a Dios pudimos encontrar nuevamente el sendero y emprender nuevamente el rumbo hacia Macutico, esa experiencia fue para mí inolvidable.  

Esa vez arribamos como a las diez de la noche al refugio, recuerdo que cuando llegamos a Lilí,  la esposa de Delfín de la alegría le dio un ataque de nervios.  Este refugio, esta ubicado en una llanura desolada, últimamente afectada por los incendios, lo que le da un aspecto fantástico. En ese lugar en las noches se puede sentir el peso de la soledad en la piel, el frío cala los huesos y el halo de misterio que ronda en el ambiente nos acerca más a los compañeros de viaje y nos deja en el alma la infinita sensación de la ausencia.

De Macutico, se llega al Pico Duarte  y luego se baja a la Compartición, es un trayecto agotador, pero más corto, se avanza por un camino que el tiempo y los incendios casi han borrado, donde aun quedan arboles gigantescos, animales misteriosos que nos miran desde la espesura del bosque y pájaros invisibles, hay que caminar con mucho cuidado para no perderse y sí es hombre se corre el riesgo de ser secuestrado por una ciguapa, que lo llevará a su cueva y lo esclavizará por siempre.


Lo más impresionante del viaje es cuando uno baja agotado la loma del Barraco y se encuentra de frente con la pelona, inmensa, inalcanzable, agotadora, y uno en su interior se interroga, sí tendrá las fuerzas suficiente para alcanzar la cima. Llegar hasta la cúspide de la Pelona para muchos es un calvario interminable,  pero ya en ella se desciende un poco hasta la caseta del Vallecito de Lilís, donde es necesario un breve descanso, para seguir hasta coronar la cima del Pico Duarte.

Del Pico Duarte se desciende hasta la caseta de la Comparición, en donde se amanece y al otro día tempranito, por un camino repetido y hermoso se baja hasta la Ciénaga de Manabao, en donde nos espera el autobús que nos llevará de regreso a la ciudad.

Domingo Acevedo.
2011.






UNA NOCHE EN EL MACUTICO

Anochece, un viento con alas tristes revolotea sobre la cabaña perdida en la soledad distante de la cordillera central. Nosotros cansados de la larga caminata que del Alto de la Rosa hasta el Macutico hemos realizado, organizamos los equipajes, dentro del refugio, mientras miramos de vez en cuando hacia el camino esperando ver llegar a los compañeros que se quedaron rezagados en el valle infinito de nunca jamás, alguien del grupo grita bien alto aleeertaaaaa, aleeertaaaaa, es el modo de comunicarnos con los que vienen rezagados; ya que en estos parajes desolados el viento multiplica la voz y retumba en la lejanía, sí el otro grupo nos escucha responde de la misma manera, ahora sólo el silencio nos responde.

Este trayecto lo he hecho varias veces y sé que es difícil y agotador pero hermoso y mágico, lo disfruto al máximo. Ya son las siete de la noche, hace frío y empieza a oscurecer, nos sentimos preocupados por los compañeros que se quedaron atrás, ya en la cocina un grupo prepara la comida, tenemos hambre no hemos comido nada desde la mañana, sólo una merienda a las dos de la tarde, el grupo ha sido fuerte, los muchachos no se han quejado, unos van rumbo al río a buscar agua y los demás buscan leña para la fogata con uno de los guías.

Desde la ventana del refugio veo como los demás guías se alejan en la oscuridad, llevan los animales a comer algo, no muy lejos de donde nos encontramos hospedados.

Ya las primeras estrellas empiezan a coquetear en el cielo con la luna y a lo lejos se oyen voces de alegría, y un aleeeertaaaaa esperanzador, es el grupo que quedó rezagado que ha llegado al río, donde el equipo de agua llena los galones para el uso de mañana, eso nos da más tranquilidad, ya estamos todos juntos, ahora un baño cae bien y después a comer, más tarde la evaluación del trayecto, el acostumbrado conversatorio, el chiste necesario y a dormir, la caminata de mañana también es fuerte,  del Macutico, al Pico Duarte, a la Compartición cualquiera deja el forro, ya que después de una larga caminata y bajar la loma del Barraco, uno se encuentra con la pelona, que se muestra desafiante e imponente ante la mirada incrédula del cansado caminante que hace esta travesía por primera vez.

Son las ocho de la noche ya la fogata arde en una esquina del campamento y la comida casi está. La neblina empieza a vestir de blanco el valle, trae con ella el misterio ancestral de lo desconocido, nos acurrucamos unos a  otros junto a la fogata, el frío es terrible, la noche parece absorbernos en sus  misterios, en esta soledad nos sentimos tan pequeños y desvalidos, tan poca cosa, que nos damos cuenta que en la infinita vastedad del universo no somos nada y empezamos a buscar la compañía de algún compañero (a) para sentirnos protegidos,  alguien se atreve y hace algún cuento de fantasmas o muertos y Cristian protesta y se escurre en la cocina.

La caseta del Macutico tiene tres habitaciones dos dormitorios y la sala, en las cuales preparamos las frazadas y las bolsas de dormir, ya cada uno tiene su espacio en donde pasará la noche que se perfila muy fría,  en la cocina separada a unos cuantos metros del refugio, los guías preparan un  té  de jengibre para el frío, la fogata arde alegremente, ya se hizo la evaluación, del trayecto, y tratamos como siempre el tema central de la actividad, junto a la fogata nos queremos más, nos sentimos hermanados, nos acercamos tanto que sentimos el calor de la piel del compañero (a) que tenemos al lado, sentimos la necesidad de protegernos unos a otros, en estas caminatas crece el sentimiento de la solidaridad y se hacen relaciones que perduran en el tiempo.

Los guías nos llaman para tomar el té de jengibre que es bueno para ahuyentar a los duendes del frío, volvemos con ellos a la fogata y los escuchamos contarnos mil historias de fantasía, sobre fantasmas, difuntos y Ciguapas que a ellos les ha tocado vivir, en su largo trajinar por esas vastas soledades de la cordillera central, ya es hora de dormir nos despedirnos, cada uno se dirige al lugar donde pasará la noche, a veces sentimos temor es por eso que buscamos la compañía secreta del que duerme a nuestro lado, yo me detengo un rato entre la cocina y el refugio y miro al cielo al cual no le cabe una estrellas más, tanta belleza es indescriptible, aquí se siente, se parpa la presencia de Dios, es  indescriptible la sensación que siento en el Macutico, en donde el silencio aletea entre la sombras y la neblina y espanta el  canto de las insectos nocturno y se queda entre nosotros hasta el amanecer y se hace cómplice del frío que nos muerde la piel.

Yo siempre guardo la esperanza de volver a recorrer esos caminos perdidos en la distante soledad del parque nacional José del Carmen Ramírez.

Nos acomodamos, me percato de que todos estén en el lugar que le corresponde a cada uno y les recuerdo que mañana a las cinco de la mañana debemos levantarnos para prepararnos para la jornada del día siguiente.

Esta narración es un homenaje a todos los que me han acompañados en esta ruta, Sabaneta, (San Juan)  la Ciénaga, (Jarabacoa)

DOMINGO ACEVEDO.