La memoria del olvido.
1/Por el otro lado del camino.
Amanece. En el cielo, las estrellas se resisten a ceder su espacio al azul intenso del limbo que las va apagando con sus manos aterciopeladas. El alba borda de colores el horizonte y el canto de los pájaros es un grito de alegría en el viento. Cantan los gallos y el rocío en el pasto semeja un rosario de pequeñas diademas que se derriten con los primeros rayos del sol.
Por el camino real, el olor a café se escurre en el viento más allá de los bohíos, y los caminos se van llenando de pasos que se alejan hacia los conucos, donde la esperanza florece en las batatas, los plátanos, la yuca, el maíz, los guandules, el maní congo, el cohombro y los demás rubros agrícolas que cultivamos en La Esperilla.
Por el otro lado del camino, Mandinga se aleja con sus pasos cansados hacia donde los Dendenes, inquilinos de las noches y del rocío, todavía dormitan en los amplios salones de los sueños, esperando que la aurora traiga consigo la luz de un nuevo día; mientras mi padre, solitario leñador, se pierde entre las trochas invisibles del tiempo, hacia donde la esperanza se deshace entre las cenizas de los hornos vegetales que arden más allá del amanecer.
Ya amaneció. Un tropel de niños solitarios se aleja alegre por el camino hacia la única escuela del pueblo, en donde un maestro, sin más herramientas que la ternura, intenta describir con palabras el mundo de más allá de la alborada. Incrédulos, los niños miran con lástima al maestro que hace garabatos en la nada, tratando de dibujar máquinas increíbles que caminan solas, que vuelan y que pueden navegar por los ríos y los mares.
—¿Qué es el mar, profesor? —preguntan los niños a coro.
—El mar es una inmensa laguna que parece no tener fin, con peces de colores, calamares gigantes, delfines juguetones y ballenas migratorias que en las noches habitan en la luna.
—¿Qué es un río, profesor?
—Es un largo camino de agua que lleva a ninguna parte y donde habitan los últimos indígenas que sobrevivieron a la crueldad de los conquistadores españoles.
Para los niños que han vivido perdidos en su inocencia, todo lo que el maestro les dice no es más que una absurda tontería. Para ellos, su mundo se reduce a los conucos, los potreros y el bosque inmenso.
Más allá del sol que muere en el horizonte no hay más que árboles, pájaros fantásticos y animales gigantescos que se tragan de un solo bocado a las personas. Por eso nos está prohibido alejarnos más allá de los límites ancestrales del bosque.
Cuando los padres se dieron cuenta de que el maestro hablaba a los niños de esas absurdas tonterías, lo echaron del pueblo. Él les dijo con pena que todo intento por silenciar la verdad era inútil: no había remedio, no tenían a dónde ir, ya era demasiado tarde y la modernidad se los tragaría irremediablemente.
2/Cuando el sol se acrisola en el horizonte.
Ya son más de las cuatro de la tarde; el sol empieza a acrisolar el horizonte con sus rayos que se van atenuando con el paso de las horas, vistiendo de colores las nubes que, raudas, se alejan huyendo de las sombras.
Por el camino, los labriegos regresan de sus conucos; sobre sus hombros cargan el peso amargo de la pobreza. La tierra, con esta larga sequía, es poco lo que da.
Regresan cansados con sus azadas al hombro, sus machetes en el cinto, sus sombreros de paja, las camisas sudadas, los pantalones arremangados por debajo de las rodillas y los pies descalzos.
Julio es un mes árido donde el calor, que se eterniza más allá de las noches, parece quemarlo todo, hasta los sueños.
Ya hace un rato que el tío Juan de la Rosa y el tío Alberto regresaron de más allá de las lejanas praderas del rocío; se alejaron tanto hacia el oeste buscando pastos que cruzaron las claras aguas de la cañada de Guajimía y llegaron a Manoguayabo, en donde el ganado comió hasta hartarse y después abrevó en las aguas del río Haina, que se pierde entre la frondosidad de la arboleda hasta desembocar en el mar Caribe.
Son más de las siete de la noche. Imagino que ya el abuelo Ismael llegó a su casa, en el km 7 de la carretera Sánchez; llevó a Julia donde pasa la noche, se dio un baño, cenó y luego, como todas las noches, se sentó bajo los limoncillos florecidos de sombras y estrellas junto a Mimina, su esposa, a ver cómo se alejan por la carretera Sánchez los pocos carros que pasan rumbo a Haina o San Cristóbal.
En La Esperilla, los hombres, después de darse un baño y comer algo, se van juntando poco a poco en la pulpería de Andrés Longo a tomarse un trago, escuchar canciones en la vellonera y contarse viejas historias repetidas y carcomidas por el tiempo, en donde olvidan lo amargo de sus vidas.
Es extraño, pero Manuel hoy no ha dado señales de vida; no sé por dónde andará mi solitario amigo.
Hace un rato la tía Eufemia, que venía de Manganagua, pasó por casa a saludar a mamá y siguió su camino hacia Borronoso, en donde vive con su familia.
Nosotros, como es costumbre al caer la prima noche, nos juntamos en el bohío de la abuela Mamá Tita; en él encontramos a Ninito, que hace un rato llegó del Palmar y, mientras los adultos conversan en la enramada, nosotros correteamos por el patio, hacemos piruetas, danzamos, nos hacemos dueños de la noche y construimos, con la inocencia, los sueños que nos permitirán sobrevivir a la vorágine del hambre.
3/La abuela Mamá Tita.
Ahora recuerdo a la abuela Mamá Tita, haciendo chola de guayiga para mitigar el hambre de toda la vida. Atrás ha quedado la primavera; el verano se adueñó de todo el paisaje. Julio está lleno de malos presagios, hasta las gallinas han muerto en esta terrible sequía.
Cada año que pasa, el sol desata su ira con más fuerza sobre el bosque; solo las hormigas han sobrevivido a la inclemencia del tiempo. Los ancianos dormitan debajo de una mata de mango, tratando de escapar del sopor del mediodía.
La brisa caliente se desenreda entre los arbustos achicharrados, levanta nubes de polvo en el patio, se arremolina, parece danzar y luego se aleja por el camino real, más allá de los últimos bohíos del pueblo.
4/Bajo el gran árbol de la noche
Más allá de la miserable realidad de nuestra existencia, nuestra alegría permanece intacta bajo los escombros púrpuras de los amaneceres efímeros del invierno tropical.
Nuestra rebeldía nos llevó a ser felices en medio de tanto horror; nada nos detuvo: ni el peso de las cadenas, ni la pobreza, ni el hambre, ni la lluvia eternizándose en el camino. En las noches, alrededor de la luna, en una danza olvidábamos nuestras penas; el ritmo de las tamboras y el calor de las hogueras nos emborrachaban de felicidad, y nuestros cantos hacían florecer el maíz y multiplicaban los panes en las manos del hambre.
Bajo el gran árbol de la noche, florecido de constelaciones y estrellas, escribíamos con fuego nuestra historia en los pergaminos del tiempo: lo tristemente felices que éramos en esa estación donde aún fluye la sangre en el inminente trayecto de la aurora. Por allí, todos los días, los fantasmas de Miche, Amantina, Bertilia, Rafael, Julio y la abuela Mamá Tita se alejan hacia la ciudad, dejando sobre el rocío retazos del alma que se evaporan bajo el sol de este amanecer. Un amanecer que tejieron entre mis ojos las manos analfabetas y tiernas de la tatarabuela, quien se murió de ausencia en las habitaciones del verano, esperando ver cómo en noviembre, durante la luna llena, las planicies del sur se llenan de unicornios.
Ahora recuerdo a la abuela, Mamá Tita, haciendo chola de guayiga para mitigar el hambre de toda la vida. Atrás ha quedado la primavera; el verano se adueñó de todo el paisaje. Julio está lleno de malos presagios: hasta las gallinas han muerto en esta terrible sequía.
Cada año que pasa, el sol desata su ira con más fuerza sobre el bosque; solo las hormigas han sobrevivido a la inclemencia del tiempo. Los ancianos dormitan debajo de una mata de mango, tratando de escapar del sopor del mediodía.
La brisa caliente se desenreda entre los arbustos achicharrados, levanta nubes de polvo en el patio, se arremolina, parece danzar y luego se aleja por el camino real, más allá de los últimos bohíos del pueblo.
5/Mi origen
La tarde recrea ante mis ojos la nostalgia de mi origen perdido en África.
La tristeza de estos largos años de exilio, en los que hemos perdido nuestra identidad, hace florecer entre mis ojos lirios de agua.
La pena acumulada durante estos siglos de huir a ningún lado golpea mi memoria como un látigo de sal que abre viejas heridas, las cuales vuelven a sangrar bajo el sol púrpura de nuestro ocaso. Tantos años de olvido han dejado en mi boca el agrio sabor de la ausencia.
África sigue siendo en mi corazón la ilusión más dulce; sé que ya no volveré al acrisolado mundo de mis sueños. Me he resignado a morir en esta tierra tan ajena y tan mía, pero mi vida sigue allá, en la aldea de donde una noche mi ADN, sin querer, empezó a viajar en un cuerpo desconocido hacia una isla perdida en el mar Caribe.
Quinientos años después, la mirada triste de la abuela Mamá Tita me despierta en medio del estruendo de los arcabuces y los gritos de los hombres que defendían a los suyos, hasta terminar atados a la codicia de otros que, contra el reflejo de la aldea incendiada, los conducían por un sendero de horror hacia una embarcación anclada en un océano de cadáveres, emprendiendo un viaje sin retorno hacia el dolor.
Yo era apenas algo menos que un sentimiento perdido en la memoria de alguien que aún no había nacido, pero ya llevaba sobre mis hombros el peso de una historia de látigo y sudor, donde la vida nunca dejó de ser un canto que en las noches se multiplicaba en la voz alegre de las tamboras.
6/Desde donde vivo puedo ver el mar distante
Desde donde vivo puedo ver el mar distante levantarse más allá del muelle, lamer con su lengua azul el horizonte.
A veces el viento del sur arremolina en la mirada residuos de olas resecas por el sol, plumas de pelícanos gigantes, huesos de peces invisibles y restos de barcos hundidos por los siglos.
El río Haina divide el muelle en dos partes iguales, el muelle que permanece iluminado más allá de la oscuridad de los barrios haineros.
De vez en cuando una bengala ilumina la noche o un disparo largo de fusil estremece el viento y ahuyenta a los polizones y a los ladrones furtivos de mercancías baratas.
Desde mi ventana puedo ver los barcos anclados tan lejos de los sueños, y siento pena de los marineros prisioneros del salitre y la distancia, que sueñan con hermosas sirenas que les roban el corazón para esclavizarlos en su mundo submarino de calamares fantásticos, caballitos tiernos de mar y peces de colores.
A esta hora el camino real está desierto; una brisa caliente levanta nubes de polvo que se pierden entre los matorrales resecos.
Es mediodía. En julio el verano achicharra todo el monte y la primavera es un vestigio lejano de flores y mariposas, derretido en el recuerdo de los abuelos que, debajo de una mata de mango, dormitan en el efímero esplendor de los sueños.
El sol chorrea su luz sobre los tejados de las casitas del pueblo.
El sol chorrea su luz sobre los tejados de las casitas del pueblo que, más allá de los arrozales y junto a la montaña, parece una acuarela de vivos colores tropicales enmarcada en el horizonte del mediodía.
La vista se pierde en el verde de los arrozales, simétricamente recortados en cuadrados perfectos. Las garzas refulgen al sol como blancos pedazos de papel que el viento zarandea de un lado para otro, mientras los hombres chapalean en el lodazal haciendo sus faenas, entonando antiguas canciones aprendidas de sus abuelos e intentando con ellas aminorar la fatiga producida por el trabajo bajo el sol inclemente del Caribe, que les exprime la piel hasta la última gota de sudor.
Cuando algún trabajador muere deshidratado por los efectos del sol y la sed, se hace una cruz de guayacán: cuelgan de ella al infeliz y lo ponen en medio de los arrozales para que su cadáver espante a los pájaros que vienen de lejos a comerse el arroz.
He seguido las huellas del sol dibujadas en el rostro del atardecer. Ya oscurece; esperamos a Felipe y a Ñoñó, que fueron a pescar tilapias a la laguna de Manganagua.
Han sido duros todos estos días en el largo trajinar del hambre. La sequía destruyó toda la cosecha; el monte, achicharrado por el sol, resplandece con las primeras estrellas y nuestras miradas se pierden entre las sombras de la noche, esperando ver aparecer a nuestros hermanos por el camino real.
Nos inquieta su tardanza; además, el hambre hace estragos en nuestros estómagos. En la cocina, mamá mantiene el fuego encendido; papá aún no regresa del monte, anda cortando troncos de madera para preparar un horno mañana.
Han sido largos todos estos días de penuria. No hay maquey, ni yambí, ni guáyiga para hacer chola; el monte está desolado. Con esta prolongada sequía, hasta las aves se han ido a otros lugares.
Desde aquí puedo ver el fuego encendido en la cocina de Popó Candela. Negra, su esposa, debe estar haciendo la cena.
Imagino a Juana Ligia y a Miguela jugando con las sombras de la noche más allá de las anacahuitas gemelas, bajo los limoncillos florecidos de eternidad de la tía Tatín.
Inmerso en mi soledad, escucho las canciones tristes de la vellonera de la pulpería de Andrés Longo; cierro los ojos y se me humedecen de estrellas.
No sabemos qué hora es, pero presentimos la presencia cercana de nuestros hermanos. Oteamos el horizonte; el viento nos trae su olor a sudor mezclado con el olor húmedo a
El largo camino de la esperanza.
laguna de los pescados. Suspiramos tranquilos: ya podemos sentir sus pasos certeros en la oscuridad. Silban para decirnos que llegaron; vienen felices, cargados de tilapias y jicoteas.
En medio del patio nos abrazamos bajo el cielo infinito de estrellas. Mamá sale y también los abraza. Nos preparamos debajo de la mata de javey para quitarles las escamas a los pescados y preparar las jicoteas. Ellos apartan un poco para llevar a sus casas; son muchos, no nos los comeremos todos esta noche.
Papá llega sudoroso, con toda la oscuridad de la noche pegada en la piel. Deja a Julia libre, que se acerca hasta donde nosotros estamos; rebuzna y sacude la cabeza: es su manera de decirnos «yo también estoy aquí». León ladra alegre, juguetea, salta, nos lame las piernas y luego se acomoda en el suelo junto a nosotros.
Después de limpiar los pescados, buscamos un lugar en el patio donde encender una fogata y nos sentamos alrededor de ella. Ya mamá hierve los pescados; hace un caldo con sal, ajo, cebolla y orégano. No hay nada más, pero será suficiente por el día de hoy.
Mientras se cocinan los pescados, reímos, contamos historias y entonamos canciones ancestrales. León nos mira con asombro y Julia descansa hasta que mi padre la lleve al lugar donde pasa la noche, cerca de la casa, debajo de la mata de café cimarrón.
Ella y León son parte de la familia. Después de comer, Felipe se irá a dormir con la tía Aurora y Ñoñó se irá donde la tía Amantina; ella lo crió desde muy pequeño.
Más allá de la alambrada, los grillos cantan incesantes a las estrellas; entre mis ojos cabe todo el universo. La noche huele a bosque seco, a luna llena y a caldo de pescado. Busco el calor de mis dos hermanos mayores: me siento entre los dos y los miro con orgullo. Admiro su destreza en el bosque, lo buenos que son cazando y pescando. Un día seré como ellos y podré ir por el monte, llegar más allá de los límites ancestrales y cazar la quimera para entregarles a mis padres la felicidad que anhelan.
Mamá nos llama, es hora de comer. Entramos a la casa; en la sala, la llama de la lámpara danza al compás del viento. Por momentos parece que se apagará, para luego renacer de sus cenizas como un ave fénix. Está sabroso el caldo, solo que las tilapias tienen muchas espinas; hay que comerlas con sumo cuidado para que no se quede una en la garganta. Es una pena que no apareciera un coco para cocinarlas. Nos quedan algunas para mañana y tres jicoteas para los días siguientes, así que podremos invitar a otros vecinos a compartir nuestra comida.
Manuel, mi pequeño y solitario amigo, hace rato que se fue, tal vez con hambre. Imagino que vive allá, muy lejos, donde se ve aquella lucecita distante; él nunca ha querido llevarme a su casa.
Ya comimos, es hora de dormir. Felipe y Ñoñó se despiden entre abrazos y sueños, y me dicen que mañana temprano me llevarán con ellos a las distantes regiones del norte a cazar, que me prepare, que pasarán a las seis de la mañana por mí. Me voy a la cama feliz, el corazón no me cabe en el pecho: mañana por fin podré ir a cazar.
Nosotros conocemos y amamos cada palmo de nuestra tierra; amamos el viento, las nubes, los animales, las aves, los árboles, las mariposas, la lluvia y la primavera que hace florecer al bosque. Cada camino tiene un horizonte que termina en nuestros sueños y, en definitiva, nuestro amor por la madre tierra es el amor por la vida, es el amor a Dios que lo ha creado todo tan perfecto.
Para mí lo más importante es que se acerca el día en que podré atravesar los límites ancestrales del monte e intentar atrapar la quimera para entregarles a mis padres la felicidad que siempre hemos soñado.
Mientras cierro los ojos, escucho los tambores lejanos que invitan para mañana en la noche a ir a bailar en el patio de la abuela Mamá Tita la danza de la lluvia, para conjurar la sequía.
7/Labradores de sueños
Son las seis de la tarde. El sol en la distancia toma de la mano a la tarde y empiezan a descender lentamente por las escalinatas del tiempo, dejando encendido el fuego celeste del crepúsculo para que, cuando la noche llegue, encienda las estrellas.
Detrás de la casa, papá prepara su montura. Julia es una burra que nos ha acompañado en este largo trayecto de nuestras vidas; ha estado ahí, en las buenas y en las malas. Sobre su lomo nos ha llevado por todos los confines de esta tierra y más allá: a la ciudad donde no hay espacio para los humildes labradores que, vestidos con harapos por sus calles inhóspitas, vendemos nuestros sueños perdidos en los conucos y pregonamos a viva voz: «¡Verduuuras, yuuuca, aguaaaaacates, maaaaangos, marchanta llevo carbooon! ¡Venga marchanta, que llevo huevos criollos!», para después de vender nuestros productos por miserables monedas, perdernos nuevamente en el monte con todos nuestros sueños a cuestas.
Ya la montura está lista. León juguetea entre nuestras piernas alegre: salta, ladra; mientras Julia nos mira con toda su ternura resumida en sus ojos redondos y tristes. No me acuerdo de cuándo llegó a casa, pero la recuerdo de toda la vida, desde siempre, desde que tengo uso de razón.
Estamos detrás de la casa, bajo la mata de capá: mi madre, Juana María, Juancito, Papo y yo. Felipe y Ñoñó no sé por dónde andan. Ya mi padre está preparado al lado de Julia; se despide con un gesto de la mano y se monta en ella. Yo corro y me aferro con ternura a una de sus piernas, y luego me alejo para ver cómo él, mi padre, se marcha por el camino en sombras a un lugar perdido en el monte. León va tras él, ladrando y saltando alegre; nosotros nos quedamos parados en medio de la noche hasta que ellos se pierden en la oscura sinuosidad del camino.
Allá, lejos, en un claro del monte, mi padre tiene un horno hecho de troncos secos para hacer carbón vegetal y luego venderlo en la ciudad. Tiene que cuidarlo; por eso es que amanece todas las noches vigilándolo para que no se incendie, porque si no, en vez de carbón, solo encontrará cenizas.
En un lado de la carbonera, junto a una fogata, dormirá a la intemperie sobre algunos sacos de cabuya que lo cubrirán del frío de la noche y de los mosquitos, acompañado por los grillos, las estrellas, las lechuzas y los murciélagos. A su lado, León gruñirá a los fantasmas que rondan la soledad de la noche en el monte. Él y Julia no desampararán a mi padre por nada del mundo; estarán siempre a su lado protegiéndolo de toda maldad escondida entre el silencio nocturno y la oscuridad.
Mañana tempranito, antes de que salga el sol, mi madre, Juana María, Juancito, Papo y yo iremos a encontrarnos con mi padre. Le llevaremos un poco de café y algo de comer; ya a esa hora el carbón estará listo para llenar cuatro o cinco sacos, acomodarlos en el lomo de Julia y regresar a la casa, para de inmediato tomar el camino hacia la ciudad y venderlo a algún comerciante para traernos algo de comer.
8/La insignificante grandeza
Quiero dejar testimonio de la insignificante grandeza de nuestras vidas; decir que, sobre la primavera que nuestros abuelos hicieron florecer con sus manos fecundas, construyeron una gran ciudad.
De esa tierra que en mi corazón es un canto no queda nada, solo recuerdos: recuerdos edificados sobre las cenizas de nuestra nostalgia, recuerdos tan enraizados en mis palabras que en mi voz anidan los pájaros fabulosos de mis sueños, los cuales, más allá de la polvorienta geografía de mi memoria, iluminan los cubículos del olvido donde la civilización enterró toda nuestra alegría.
Nosotros, en nuestra inocencia, nunca advertimos que el mundo de más allá de la alborada ambicionaba nuestras tierras, que la modernidad avanzaba inexorable hacia nosotros y que sus monstruos mecánicos trituraban entre sus fauces todo lo que encontraban a su paso.
Que por el camino real, a menos de una hora de distancia a pie, la ciudad todas las tardes resplandecía como un espejismo en las luces de sus avenidas románticas —que herían el corazón tierno de las sombras con sus dagas luminosamente crepusculares—; en sus edificios preñados de sueños, con sus amplios ventanales que daban al mar; en sus hermosas mujeres que hacían hasta lo imposible para no morir de pena, atrapadas por los fantasmas de la soledad en la que sus maridos, ebrios de lujuria, las dejaban para ir a buscar placeres entre los recovecos de las noches mágicas de la Ciudad Colonial; en sus ruidosos y veloces automóviles y, sobre todo, en sus noches bulliciosas con sus casinos, donde el azar y la ambición atrapaban a los hombres en sus tentáculos imposibles; en sus cines de melancolía de la avenida Duarte, la avenida Mella y la calle El Conde, donde la quimera llevaba a los espectadores en un viaje sin retorno por los túneles inéditos de la fantasía; en el mar Caribe con sus barcos piratas anclados en el horizonte nocturno de la distancia; en las vidrieras de las tiendas, que atrapaban nuestros sueños en el bucólico encanto de la fantasía y la desilusión, donde nos mirábamos hacia adentro de nosotros mismos y terminábamos parados frente al espejo de la vida, harapientos y descalzos, en un mundo ajeno y extraño.
Y de nuevo volvíamos a nuestras tierras, en donde la vida transcurría sin más prisa que ir a los conucos, andar por los montes maroteando alguna fruta de lástima, arreando vacas hacia las distantes regiones del rocío o cazando pajaritos endebles para mitigar el hambre de toda la vida.
Para luego, en las noches, juntarnos alrededor de la hoguera, donde los abuelos en una danza nos hablaban de sus hazañas remotas, de su largo viaje sin retorno hasta llegar aquí, de la crueldad del látigo en sus espaldas, de cuando lucharon contra el hombre blanco por su libertad, de sus anhelos inútiles por volver a África y de sus raíces enterradas en estas tierras que abonaron con sudor y sangre; tierra en donde, a pesar de todo, siempre serían unos extraños.
Al final de la jornada, sin más luces que la de la luna y las estrellas, nos íbamos a nuestros bohíos por los caminos en penumbra que los grillos iluminaban con su canto, gritando a viva voz la alegría de compartir la vida en una danza.
Al llegar a la casa, con la piel pegajosa de oscuridad, daba un beso a mis padres, pedía su bendición y me acostaba en mi hamaca, hasta que el sol de un nuevo siglo nos trajera la esperanza que perdimos en el duro batallar contra la modernidad.
9/Qué triste y sola está la casa
Qué triste y sola está la casa. En ella solo quedan Juana María y Mamá. Ya nosotros nos fuimos a vivir a otro lugar; también Leónidas se fue lejos con sus hijos, y Julio, Felipe, Sergio y Papo no regresarán, como de costumbre en las tardes, después de sus labores al hogar.
Se murieron uno tras otro, sin que pudiéramos hacer algo por salvarlos de la muerte cierta e inevitable.
Yo también moriré un día; todos nos moriremos irremediablemente. Es el cruel destino de todo ser humano: terminar enterrado bajo la tierra en un ataúd, para ser alimento de los gusanos.
A veces, por la tarde, llego a la casa con la pesadumbre de la soledad y la nostalgia, y miro a Mamá con sus noventa y cuatro años, sentada en su silla de ruedas. Ya no se acuerda de mí; hace tiempo perdió la memoria y la capacidad de caminar, pero todavía está viva y la queremos igual, con el mismo amor y la misma ternura de siempre.
Desde su silla de ruedas me mira y sonríe, como si se acordara de mí, pero solo es la costumbre de verme llegar todas las tardes hasta donde ella está para darle un abrazo de ternura.
Qué pena no tener vida para pagarles a ella y a Papá todo el amor que me dieron.
Recuerdo sus afanes y desvelos por hacerme feliz, por hacernos a todos felices en medio de la pobreza y el hambre.
Qué época aquella en que sufrimos y disfrutamos nuestra pobreza; lo tristemente felices que fuimos en nuestro escaso mundo de estrechez y miseria.
Hoy nos queda la calidez de la nostalgia y los recuerdos de esa época en que compartíamos el maravilloso sentimiento de vivir fraternalmente juntos, bajo un mismo techo
10/El centauro
Recuerdo con tristeza que hace más de quinientos años, antes de la llegada del hombre blanco a estas tierras, compartíamos el bosque en paz las diversas criaturas.
Ellos, después de construir rústicos poblados que con el paso del tiempo se convirtieron en hermosas ciudades, en su inmenso egoísmo no se conformaron con las tierras que tenían. Se fueron adueñando poco a poco, y por la fuerza, de todos los territorios de más allá del horizonte donde habitábamos nosotros. No valió que resistiéramos: los caminos se fueron tiñendo con la sangre de las criaturas del bosque; todo el que se opuso fue eliminado.
Yo, el último sobreviviente de aquellas batallas, el heroico y solitario guerrero de las sombras, el que no pudo ser vencido por la crueldad del hombre blanco, el que no cayó en sus engaños y trampas, el más temido y odiado… derrotado por el cansancio, el tiempo y la modernidad, no tuve más remedio que disfrazarme de humano para poder sobrevivir a la maldad de quien se llamaba a sí mismo civilizado. Cuánto me costó adaptarme a sus defectos y miserias, a sus injusticias, a su inhumanidad.
Hoy que el tiempo ha pasado, envejecido en mi soledad casi eterna y arrastrando el dolor del exterminio, ya no puedo más; no tengo fuerzas para seguir escondiendo quién soy. Es por eso que esta tarde he decidido lanzarme desde este precipicio hacia la libertad.
11/Angel.
Ángel siempre tuvo la certeza de que era alguien especial, y más cuando recordaba lo que le decía su tía Raquel: que él había nacido con los ojos abiertos cuando, en aquella época antigua, todos los niños nacían con ellos cerrados; que esa mañana el cielo estaba tan profundamente azul claro, como esas mañanitas cálidas del verano en que se podía mirar más allá de lo normal y ver en lo infinito donde habitaba Dios con sus ángeles.
Decía ella que todos los que se dieron cita esa mañana en aquella humilde vivienda junto al camino real —incluyendo a la partera, que en lo que tenía de vida haciendo partos nunca había visto semejante cosa— se asombraron cuando los miraste a todos desde tu inocencia con aquellos ojos tan claros, que te vieron el alma palpitando en el pecho. Supieron entonces que tu nacimiento fue una invención de la imaginación colectiva para justificar la llegada al mundo de aquel niño que fue creciendo entre el asombro de las personas del pueblo, el amor y el cuidado de sus padres, y los afectos de sus hermanos, quienes lo adoraban como a algo que no iba a durar para siempre por lo extremadamente frágil que parecía; pensaban que de cualquier tropezón que diera con una piedra se iba a quebrar como un cristal.
Así fue creciendo Ángel, aquel niño retraído y triste, con pocos amigos para jugar y hablar, mirando todas las cosas desde la cristalizada ausencia de sus ojos. Con frecuencia se perdía por el bosque y la gente especulaba que podía hablar con los pájaros y el viento, que tenía la simiesca habilidad de trepar con facilidad a los árboles hasta alcanzar las copas más altas —desde donde casi podía tocar el cielo con las manos—, y algunos decían que hasta lo habían visto en las tardes volar y hacer piruetas con las golondrinas.
Lo cierto es que Ángel no se parecía a nadie en el pueblo, y menos a sus hermanos. Su madre, para justificar aquellas dudas, decía a las personas que él tenía un parecido con un familiar lejano de su padre que era descendiente de español. Tenía el cabello crespo, excesivamente amarillo, los ojos tan claros que parecían dos pocitos de agua cristalina, nariz puntiaguda, labios delgados y la piel de una palidez tal que en las noches de luna llena parecía fosforecer en la oscuridad, haciendo juego con sus cabellos enmarañados y rubios. Con esos detalles se destacaba entre todos los muchachos del pueblo, que eran de piel oscura.
Cuando llegó el tiempo de ir a la escuela opuso mucha resistencia, pero ante la insistencia de sus padres aceptó ir. Fue aprendiendo con facilidad todo lo que le enseñaban, pero no era feliz yendo a la escuela; prefería los conucos, los potreros y el bosque a ir todos los días a esas edificaciones llenas de niños bullangueros y revoltosos que lo miraban con extrañeza, como si fuera un ser de otro mundo, niños que lo tocaban para ver si era real y luego se alejaban asombrados.
Ángel amaba la lluvia, el relámpago y el trueno. Cuando llovía, salía corriendo en pantalones cortos y descalzo en medio de la tormenta ante la preocupación de sus padres. Se perdía por los caminos mojados saltando entre los charcos, que parecían espejos de agua que reflejaban ese mundo imaginario de taínos que habitaban en las profundidades de los ríos, de duendes, galipotes y ciguapas donde Ángel habitaba en secreto. Su madre, temerosa e impaciente, llena de malos presagios, lo esperaba en la puerta de la casa que daba al camino real hasta que, después de la lluvia, él regresaba por el sendero por donde se había marchado, con la piel fosforescente y húmeda de clorofila y ozono.
De su casa a la casa de su tía Raquel había un camino solitario con árboles gigantescos, animales fantásticos, pájaros de muchos colores, puercos cimarrones y hermosas ciguapas que acechaban invisibles desde los matorrales a los caminantes. Ángel cruzaba con frecuencia ese camino para ir a preguntarle a su tía sobre su procedencia. Ella siempre le contaba la misma historia y él se quedaba con la misma duda: si realmente era un niño especial, diferente a los demás, se preguntaba qué era lo que lo hacía especial. Entonces iba al espejo y se miraba por largo rato, y muchas veces creyó ver dos alas crecer en su espalda; se asustó tanto que duró mucho tiempo sin volver a mirarse a través de ese cristal que reflejaba a alguien que no era él.
El tiempo se fue diluyendo entre la monotonía pueblerina, la escuela, los conucos, los potreros y el bosque. Al regresar de la escuela en las tardes, dejaba los cuadernos en cualquier lugar, le daba un beso a su madre —que lo adoraba con locura— y se perdía por el camino entre los árboles, con los que parecía ir conversando quién sabe de qué, mientras los pájaros se arremolinaban sobre su cabeza y, después de trinar alegremente, seguían su vuelo hacia sus nidos. Ya entrada la noche, regresaba vestido de oscuridad y con los ojos encendidos con el fulgor de todas las estrellas del universo a acurrucarse en los brazos de su madre, quien lo apretaba con fuerza en su regazo para luego depositarlo en algún rincón cálido de la casa junto a sus hermanos, que lo abrazaban y lo mimaban con ternura mientras ella se iba a preparar la cena. Esperaba a que su esposo llegara de los conucos, sudoroso y cansado, entrara a la cocina, le diera un beso y luego se fuera al patio trasero a darse un baño, para acomodarse todos de cualquier manera en la pequeña vivienda a cenar.
Después de cenar, todos se iban a la cocina a escuchar junto al fuego de los fogones, de boca de su padre, historias de muertos y fantasmas que les erizaban la piel, y entonces se acurrucaran uno contra otro buscando en el calorcito de la piel el valor necesario para poder irse a la cama a dormir sin temores.
La escuela era el punto de encuentro de los niños y jóvenes del pueblo y los sectores aledaños, en la que poco a poco fue haciendo algunos amigos: Victoria y Julián, que eran hermanos y que, al igual que él, mantenían cierta distancia con los demás niños; César y Junior, con los que hacía equipo para jugar en los recreos; Arelis, que lo miraba con los ojos del amor; y Guancho, su primo, con el que a veces se perdía por el bosque en busca de los fantasmas de los abuelos que se murieron prisioneros de sus sueños, sin poder volver a ver el mar por donde llegaron sus ancestros a estas tierras en grandes canoas a trabajar como esclavos en las plantaciones y las minas del hombre blanco —en cuya conciencia todavía hay un rastro de cadáveres flotando en el océano que une a los dos continentes en el dolor de la esclavitud y el exterminio de dos razas unidas en el heroísmo de Guarocuya y Sebastián Lemba, que en Santo Domingo defendieron con denuedo su derecho a vivir en libertad—.
Ángel, con sus trece años a cuestas, no tenía más sueños que el de poder vivir en libertad con sus amigos del bosque, sin ninguna prisa que lo atara a tener que ir a una hora determinada a la escuela, donde Arelis todas las tardes lo esperaba en la puerta para tomarlo de la mano y llevarlo al pupitre donde ella estaba sentada para que estuviera a su lado. Ella apenas tenía once años, la edad suficiente para soñar que con él podía alcanzar la luna, de donde muchos suponían que Ángel venía por el color de su piel, de sus cabellos y de sus ojos, y por las preocupaciones de su madre, que muchas veces, desesperada, lo buscaba porque había escuchado su voz que la llamaba desde el cielo.
Ángel seguía perdiéndose con frecuencia en las habitaciones secretas del bosque a conversar con los árboles, los animales y los pájaros, a buscar huellas de ciguapas en los senderos que se perdían en la distancia imaginaria de los sueños para que ellas le contaran esas viejas historias, casi olvidadas en la eternidad, que decían que él era hijo de una ciguapa que había muerto de parto. Que no era como decía su tía Raquel —que él había nacido con los ojos abiertos cuando en aquella época antigua todos los niños nacían con los ojos cerrados, y que esa mañana el cielo estaba tan profundamente azul claro como esas mañanitas cálidas de verano en que se podía mirar más allá de lo normal y ver en lo infinito donde habitaba Dios con sus ángeles—, sino que la mujer que lo había criado y a quien adoraba como su verdadera madre lo había encontrado acurrucado en un lecho de lirios y flores silvestres que su madre, antes de morir, construyó en un claro del bosque.
12/Ángel II
Para Ángel, ya la vida no tiene sentido: la guerra destruyó todas las cosas que amaba, a su familia, a sus amigos, a los animales, al bosque. Por eso, cuando cesó el conflicto, no encontró el camino de regreso a casa ni a los brazos de Arelis, quien a duras penas sobrevivió a las inclemencias de la guerra para esperarlo, recostada en los recuerdos y la soledad del tiempo perdido.
Ella, cuando miraba la luna, pensaba que él, inalcanzable, habitaba en ella; por eso se fue muriendo de pena y olvido sin que nadie pudiera hacer nada por salvarla de la soledad y los recuerdos.
Se murió de nostalgia una tarde de otoño, en la puerta de la vieja escuela ya abandonada, esperando el regreso de un fantasma que nunca llegaría a la cita final, porque se quedó vagando, perdido en la ciudad en la que peleó con heroísmo por un sueño que quedó trunco con la firma del armisticio aquel tres de septiembre de 1965.
A veces, ya viejo y cansado, lo encuentro en La Cafetera de la calle El Conde; lo invito a un café y me cuenta con los ojos llorosos la misma historia de siempre: de cómo aquellos jóvenes, pletóricos de heroísmo, enfrentaron en la trinchera del honor de la ciudad amurallada al grosero invasor. De cómo logró sobrevivir a los intensos combates de los días 15 y 16 de junio, cuando los gringos, en vano, intentaron tomar la ciudad amurallada en los sueños y el heroísmo de los combatientes de abril.
Luego, sin decir palabra, se aleja cabizbajo y triste. Pienso entonces con pena que, a pesar del tiempo transcurrido, sigue siendo el mismo niño de siempre: solitario y triste, con el cabello ensortijado y rubio, los ojos claros como dos pocitos de agua cristalina y esa piel con un color tan pálido que, en las noches, bajo la luz de los faroles de la Ciudad Colonial, fosforece. Ahora, atrapado entre la soledad y los recuerdos, vive perdido en los oscuros laberintos de los sueños, de donde ya nunca más podrá escapar de la soledad y el olvido.
13/Papo
Papo se dejó morir; no sabemos las razones por las cuales no quiso luchar por vivir, por qué se dejó morir, por qué se abandonó al oscuro destino de la muerte, dejándonos con una profunda pena en el corazón.
Siempre lo recordaremos como era: enamorado del monte, de los animales, del mar y de las noches solitarias del malecón de Santo Domingo; lo imaginaremos sin saber qué dolor escondía en el alcohol y la soledad.
Lo imaginaremos debajo del viejo almendro contándonos historias inventadas de viejo pescador con olor a cielo y salitre, salpicado de estrellas y con una inmensa luna llena anclada en los arrecifes de cal de sus ojos oceánicos.
Lo recordaremos siempre atravesando las noches del olvido, tratando de escapar del dolor y la soledad en que inexplicablemente se sumergió; lo recordaremos caminando erguido hacia donde ya no llegará y donde sus amigos que lo adoran lo esperan con los brazos abiertos para encender en su alma la llama de la vida que se le extinguió.
Siempre lo recordaremos, siempre.
A Rafael Acevedo (Papo), mi hermano.
14/Una canción me hizo recordar.
Una canción me hizo recordar esas noches en que Ramón Almánzar y yo regresábamos del interior del país, los dos solos, en el más absoluto desamparo.
Recuerdo que muchas veces los compañeros nos acompañaban hasta la salida de los pueblos que visitábamos; de ahí en adelante, solo teníamos como compañía la oscuridad de la noche, las estrellas que brillaban en lo alto del cielo, una canción triste en la radio y las luces de los carros fugaces que, a alta velocidad e indiferentes, iban y venían.
Muchas veces me asaltó el temor de encontrar, en la soledad oscura de las carreteras, un retén militar o, en alguna curva, una emboscada traidora. Eran los riesgos de esa época de turbulencia política en que tú, camarada, resumías en tu figura la resistencia de todo un pueblo.
Si eso hubiese ocurrido, no habría quedado otra opción que vender nuestras vidas al precio sagrado de la pólvora y el plomo redentor. Teníamos la certeza de que, si había que morir, había que hacerlo de cara al sol, a la aurora, a la luz.
Recuerdo aquella vez en que te apresaron antes de llegar a donde yo te esperaba e intentaron por todos los medios intimidarte, doblegarte, desaparecerte, asesinarte... y no pudieron. Tu valor y tu dignidad se multiplicaron en el pecho de todo el pueblo que, en las calles, pedía a gritos tu libertad.
En Nagua, los esbirros, acorralados por la multitud enardecida que gritaba «¡Libertad, libertad, libertad!», temblaron y no pudieron consumar el propósito de tu muerte. No pudieron llevarte a ningún otro lado sino a la libertad pura y simple; victorioso, el pueblo te acompañó en caravana por todas las calles de Nagua hasta tu casa en la capital.
La unidad y la resistencia del pueblo vencieron las pretensiones del gobierno de matarte. Hoy no estás entre nosotros, Ramón; la muerte traidora te llevó lejos, pero seguimos tu ejemplo. Eres nuestro guía, eres la luz que ilumina nuestro sendero.
A Ramón Almánzar.
15/La vida que se me escapa.
Pronto mis manos no podrán agarrar con firmeza la vida que se me escapa, ni mis piernas podrán sostener este armazón de carne, sangre y huesos que porta mi espíritu y que el tiempo desploma.
16/Los poetas de la Cafetera.
Los poetas de la Cafetera son los fantasmas de la Zona Colonial de la Ciudad de Santo Domingo, que deambulan por la calle el Conde, en busca del verso perdido en la perfección de la bohemia nocturna que se diluye entre la oscuridad y el tufo a brugal, que termina en vomito en el parque Colón, donde lesbianas y maricones trasnochados, leen en voz alta a nadie, el manifiesto comunista.
Nadie lo vió, pero el fantasma de un héroe de la guerra de abril pasó indiferente a tan atrevida proclama, en una época donde las ideas fascista y el discurso de la derecha se llevó de raíz los sueños
Se, estoy consciente de que un día solo seré un recuerdo que se desvanece en el pensamiento de los que me conocieron, me amaron y entre los que quizás me odiaron, pero lo más importante es que vivo de acuerdo a mis principios, creencias y convicciones.
Para que cuando ese momento llegue, porque se que irrevocablemente tiene que llegar, irme tranquilo y sin remordimientos al lugar de donde no se regresa jamás.
17/El sol triste del invierno.
Recuerdo que el sol triste del invierno, en los días grises de mi infancia, enfriaba la tierra y apuñalaba mi desnudez y apagaba los fogones en donde en las vasijas del hambre se cocía el dolor.
18/Nosotros.
Nosotros existimos en el inimaginable, perfecto y frágil equilibrio donde la tierra fue colocada para que gire y se desplace, sin vecinos aparentes, a través de la vastedad inalcanzable del cosmos.
19/Yo, Domingo Acevedo (Mario Alegría
Yo, Domingo Acevedo (Mario Alegría), nací en el continente americano, en una isla del mar Caribe llamada Santo Domingo, hijo legítimo del amor proletario de mis padres.
Nací en la remota soledad de un amanecer de noviembre, en una época marcada por la crueldad de una dictadura omnipotente y omnipresente que llenó de sangre y luto los inverosímiles espacios del tiempo; una época donde las personas, prisioneras del miedo, vivían desterradas de todo sosiego.
En ese tiempo turbulento, de mordaza y espanto, quedaron atrapados mis sueños tras los cristales temblorosos de esos días aciagos de terror y muerte. En mis ojos infantiles quedó grabado para siempre el horror al ver cómo eran asesinados, de manera selectiva, hombres y mujeres cuyo único delito fue amar a su patria por encima de todas las cosas.
Por eso, hoy levanto mi voz como un homenaje póstumo a quienes, en mi país y en el mundo, han sacrificado sus vidas en pos de construir una patria justa, solidaria y libre.
20/Nací en La Esperilla.
Nací en La Esperilla, junto al camino real, en una casita de yagua con piso de tierra, bajo el cielo parpadeante de un amanecer salpicado por el rocío del otoño e impregnado por el olor reciente y vegetal de los hornos que ardían a fuego lento más allá de los límites de la aurora.
Fueron las manos luminosas de Belén las que, con asombro, me sacaron del vientre tibio y florecido de mi madre; las que lavaron mi piel recién hecha; las que me vistieron de ternura y me depositaron junto a la hoguera anaranjada del amanecer, para que el frío de los inviernos remotos no salpicara de escarcha mi alma, para que mi piel —siempre tibia— no se derritiera en las noches dejando un rastro invisible de mariposas muertas en la dermis arrugada del tiempo.
21/Nací junto al camino real entre carboneras, conucos y potreros.
Yo, Domingo Acevedo (Mario Alegría), nací junto al camino real, entre carboneras, conucos y potreros, un amanecer esplendoroso de noviembre, envuelto en la melancolía del otoño tropical. Nací lejos del mar y la primavera, lejos de las mariposas de junio, entre la alegría y la esperanza de los de mi raza.
Una raza que, junto a la hoguera milenaria de los sueños, todavía danza alegre al compás rítmico del tam-tam de los viejos tambores, evocadores de un tiempo diluido entre las cenizas de los siglos. Cenizas que, todavía en el horizonte ensangrentado de nuestra historia, arden bajo los cascos de los caballos de los conquistadores que en vano intentan incinerar nuestra memoria. Y hoy, aquí nosotros, en América, orgullosos de nuestra estirpe, evocamos en una danza nuestro pasado.
22/El destino de cada poeta.
El destino de cada poeta está escrito en los pergaminos de su voz, sus palabras lapidan su destino, muchos terminan laureados en la profunda fosa de la indiferencia y el olvido.
Domingo Acevedo.
